Vivimos tiempos confusos, donde lo que antes aparentaba ser verdad, ahora se pone en duda. Vivimos en tiempos esperanzadores, donde lo que antes parecía clausurado, ahora resucita con nuevas posibilidades, nuevos impulsos creativos, nuevos brillos. Vivimos en la posmodernidad, o lo que algunos han denominado “modernidad líquida”.[1] Vivimos un cambio de época, un nuevo paradigma, un giro de cosmovisión. Vivimos, y como todo en la vida, vivimos en un desafío.

Como en el Jazz, los grandes relatos de la modernidad han dejado su lugar a las pequeñas historias, a los caminos personales, a las construcciones cotidianas. Las grandes sinfonías, donde todo estaba establecido, han dado paso a las composiciones que dejan espacio a la improvisación. Las enormes partituras han sido sustituidas por nuevas formas de notaciones, por guías de acordes, y por la libertad de llegar hasta donde el sentimiento pueda crear.

Como en el Jazz, los dogmas pre-establecidos y las verdades impuestas son rotas. Las complicadas reglas armónicas, los dogmas de resolución, los movimientos no permitidos son subvertidos, y se abre espacio para nuevas armonías, nuevos acordes y nuevas sonoridades. Las rítmicas “occidentales” de 3 y 4 tiempos han dejado su lugar para nuevas construcciones “polirrítmicas”, abriendo nuevos espacios para la creación melódica. En síntesis, lo que no estaba permitido o estaba clausurado, en el Jazz ha encontrado su espacio de libertad y de creatividad.

Como en el Jazz, el excesivo individualismo del fin de la modernidad, que tanto critica Gilles Lipovetsky,[2] queda desenmascarado, dando paso a las construcciones comunitarias y sociales. En el Jazz la función solista solamente se entiende en conversación con los demás músicos. En el Jazz no se trata de quién es el más rápido, o de quién es el más técnico, sino de cómo se puede resolver un tema en conjunto, de cómo un “solo instrumental” puede tener sentido entre las sonoridades de los demás músicos, de cómo cada participante tiene una voz única en medio de múltiples voces indispensables.

Como en el Jazz, la espiritualidad tiene un nuevo matiz. La espiritualidad cristiana entendida no como un conjunto de reglas o un programa moral sino como una “vida cotidiana en Cristo”,[3] también debe dar un salto de su ethos moderno. Es por ello que estaremos abordando diferentes formas de cómo la metáfora del Jazz puede allanar el camino hacia una espiritualidad cristiana para tiempos posmodernos. En las próximas entradas describiré cómo el Jazz nos ayuda a vivir espiritualidades en medio de tensiones irreconciliables; cómo se improvisa en el camino que Jesús nos ha trazado; cómo el Jazz nos invita a descubrir la gran tradición cristiana y cómo vivir a nuestro propio ritmo en medio de un mundo que nos obliga a vivir al suyo. En las próximas entradas estaremos hablando de Jazz, de espiritualidad y de encuentros.

Ante este mundo posmoderno, ¿Improvisamos?

PD. En el Jazz se intenta escuchar a todas las voces, por lo que te animo a comentar cada entrada y a hacer de esta discusión un espacio de encuentro de diferentes perspectivas, ideas y propuestas.


Referencias:

[1] Zigmunt Bauman, Modernidad Líquida (2005).

[2] Gilles Lipovetsky, Los Tiempos Hipermodernos (2006).

[3] David S. Dockery, The Challenge of Postmodernism: An Evangelical Engagement (1995).

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