Hace unos días escuché una genial ponencia de Antonio González Fernández respecto al lenguaje de la trinidad, lo que calzó muy bien con algunas inquietudes que he venido teniendo acerca de las ontologías trinitarias heredadas desde los concilios ecuménicos y las enseñanzas que estoy dando en mi iglesia a partir del libro de Efesios. Gonzáles en su ponencia nos lleva a reflexionar que la trinidad como «personas» (πρόσωπον) no refiere tanto a «sujetos» sino a presencias, relaciones y actos. Esto tiene mucho sentido al analizar el lenguaje de Pablo pues, desde mi óptica, este no está tan interesado en referirse a una explicación de lo que la trinidad es como «ser», sino a las relaciones que ha propiciado en y para la humanidad. Pablo en Efesios nos introduce a un lenguaje que llamaríamos «proto-trinitario» con el fin de ilustrarnos cómo la iglesia debe actuar en relación a la actuación de Dios en la historia.

Pablo en Ef 4:4 dice que hay un solo Espíritu, y este se revela a través de dos relaciones con la humanidad: «un cuerpo» y «una esperanza». El lenguaje de que la iglesia es un cuerpo a través de la actuación de Espíritu es común en las cartas de Pablo (1 Co 12, Ro 12) y esto se manifiesta no solo en el hecho que el Espíritu nos «une» sino también en que nos «edifica» por medio de los dones que le entrega a la iglesia. Además, esta unión forma parte de nuestra participación en la misma trinidad, pues el Espíritu nos une «al cuerpo de Cristo» (1 Co 12:12). El lenguaje de esperanza a través del Espíritu también es común: Pablo en Efesios declara que es el Espíritu quién nos lleva hacia la herencia en la redención final (Ef 1:14) y en Romanos es el Espíritu el que guía desde la esclavitud a la adopción (Ro 8:14-15) retomando la imagen del Éxodo dónde era la nube y el fuego divino que guiaba al pueblo de Egipto hacia la promesa. Un solo Espíritu por tanto no nos habla solamente de quién es Dios, sino de cómo Dios se relaciona con la colectividad humana uniéndolos y guiándolos juntos hacia el reposo.

Siguiendo a Pablo, su segundo planteamiento es que hay un solo Señor (Ef 4:5) y que esta verdad está relacionada con una sola fe y un solo bautismo. Algunos comentan que una sola fe se refiere a un «cuerpo doctrinal» específico, sin embargo, me parece que Pablo relaciona el señorío de Cristo con la fe vista como obediencia (Ro 1:5). En ese sentido, un solo Señor nos coloca en una posición de lealtad colectiva a Jesús pues, en sus propias palabras, «nadie puede servir a dos señores» (Mt 6:24). ¿Qué del bautismo? El bautismo nos ubica y confirma en la relación de lealtad con nuestro Señor además de hacernos parte de la relación intra-trinitaria: El Señor nos «bautiza por/con el Espíritu» (1 Co 12:13).

Por último, Pablo haciendo eco de la shemá (aunque toda la perícopa parece serlo) confirma el monoteísmo judío diciendo que hay un solo Dios, y que esta realidad se revela a la humanidad en relaciones de paternidad y acto/presencia. Que Dios es Padre es una verdad atestiguada desde el Antiguo Testamento (Dt 32:6; Os 11:1), sin embargo, era un Padre no de todos sino de Israel. Pablo en Efesios amplía esta categoría para todos aquellos que están en Cristo por el Espíritu. Las relaciones intra-trinitarias están nuevamente presentes afirmándose por las implicaciones que tiene esta paternidad: Ser hijo de Dios por adopción (Ro 8:15), por tanto coherederos con Cristo (Ro 8:17) y guiados por el Espíritu para alcanzar esta herencia (Ro 8:14). Bajo este entramado de relaciones es lógico que Pablo termine diciendo que Dios está «sobre todos y por medio de todos y en todos» (Ef 4:6).

Como se ha observado, Pablo está menos interesado en decirnos «cómo» es el Dios trino, y más el «cómo» la iglesia participa de su realidad y relaciones. El enfoque trinitario, más que descubrir la “esencia” de Dios, nos debería invitar a descubrir nuestra humanidad en la Trinidad. Estar en la voluntad de Dios no es encontrar mi “misión personal” en el mundo, como el individualismo y la cultura de la imagen nos ha querido enseñar (lo cual no es más que una des-humanización), sino el participar del acto de entrega de Dios, de la comunión eterna divina que se abre a la humanidad y al cosmos. El “Dios con nosotros” no solo es la revelación por excelencia de Dios, sino también una marca de la verdadera iglesia: La comunión entre la humanidad y la divinidad a través de compartir sus relaciones y actos. Esto es lo que Efesios nos intenta enseñar: el proto-trinitarianismo paulino no solo nos revela quién es Dios, sino también quiénes somos nosotros para Dios, bajo Dios y en Dios.

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