Vivimos tiempos confusos, donde lo que antes aparentaba ser verdad, ahora se pone en duda. Vivimos tiempos difíciles, donde los medios de comunicación difunden noticias falsas, donde las redes sociales ayudan a crear falsas imágenes de personas, cosas, países, y situaciones. Vivimos tiempos complejos, sabiendo que las grandes aspiraciones de desarrollo, las esperanzas en los modelos económicos y la confianza en la bondad humana prácticamente han desaparecido. Vivimos en la posverdad.

Como en el Jazz, el desgaste de los modelos de verdad establecidos ha dado paso a nuevas formas de entender la realidad. El mecanicismo y las estructuras rígidas de “cómo deberían ser las cosas” fueron cediendo terreno hacia nuevas formas más fluidas, o en palabras de Zygmunt Bauman, más líquida”.[1] El Jazz por tanto se trata de fluir, de fluir en creatividad y armonía, haciendo y rehaciendo melodías interminablemente, con un solo propósito: no volver a repetir lo que ya hemos creado. Por tanto, cada situación, cada puesta en escena, cada concierto, se convierte en una nueva oportunidad de crear cosas nuevas. Cada sala de conciertos, cada público, se convierte en la inspiración para que nuevos mundos puedan ser imaginados y ejecutados.

Sin embargo, por muy fluido que pretenda ser el Jazz, siempre hay algún hilo que le da coherencia a todas las piezas. Muchos músicos encuentran este hilo en sus propias melodías, otros en estructuras formadas al azar, los más vanguardistas crean ese hilo conductor al momento de estar en el escenario. Pero casi todos han encontrado, o encuentran, este hilo en las grandes composiciones melódicas de los maestros que les antecedieron: en los “standards de Jazz”.

Como en el Jazz, existe una melodía que le da coherencia a todo. Una melodía muy antigua que, en palabras de un escritor del primer siglo, hace subsistir a todas las cosas.[2] En el cristianismo, creemos que esa melodía resuena en la vida del maestro de Galilea, Jesús. Jesús es esa melodía viviente que le da orden y sentido a todo lo que gira a su alrededor. Por tanto, si nos reuniéramos alrededor de esta melodía con una regla para medirla, o con instrumentos para temperarla, nos perderíamos del objetivo por la que esta melodía está sonando: para vivirla y disfrutarla.

La modernidad con toda su objetividad perdió poco a poco el verdadero y más fundamental sentido de la vida: Vivir. Pero la melodía más antigua, que está sonando desde antes de la fundación del mundo, vibra en cada fibra de nuestro cuerpo invitándonos a la vida, invitándonos a sentir, invitándonos a crear alrededor de ella. Los que se han dedicado a estudiar los tonos y los colores de esta melodía han hecho bien, pero todo este estudio solo tiene sentido al sentarnos alrededor de la melodía con la disposición de seguirla y vivirla.

En esta gran sala de conciertos que es la vida, la melodía nos está preguntando una y otra vez: ¿Estoy afinado?[3] Nuestra espiritualidad debería girar en tratar de estar en el mismo tono que la melodía de Jesús. Cuando al que tiene hambre le damos de comer, cuando al que tiene sed le damos de beber, cuando vestimos al que no tiene ropa y visitamos a los que están en la cárcel de alguna manera estamos ajustando nuestras cuerdas para estar en la misma tonalidad de la gran melodía.[4] ¿Estamos afinados? Solamente quien siente y experimenta la gran melodía, que como sinfonía nos envuelve, puede contestarse a sí mismo. ¿Estoy afinado? ¿Estoy en el mismo tono de la gran melodía?¿Estoy en el mismo todo de Jesús?

Referencias

[1] Zigmunt Bauman, Modernidad Líquida (2005).

[2] Pablo, Colosenses 1:17.

[3] Rob Bell, Rhythm, disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=1FNHoYl8a78

[4] Mateo 25:31-45.

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